jueves, 22 de noviembre de 2007
El brindis
El señor y la señora Raymond aparcaron su coche en el lugar reservado para ellos, en el lujoso hotel Greenfield de Trenton. Un hombre correctamente vestido les abrió la puerta y los guío hasta el salón de recibimiento. Adentro, un grupo no demasiado grande de gente charlaba amenamente, mientras disfrutaba del cóctel dispuesto por la productora del evento. En la mesa principal, estaba sentado el presidente de la firma minera. El señor Brooks sonreía radiante, acompañado de muchos caballeros de terno que le felicitaban. La compañía, después de meses de negociaciones, había conseguido el permiso para explotar un yacimiento aurífero, en la selva de uno de esos paisillos del sur. Grupos ecologistas intentaron impedirlo, pero finalmente habían tenido que desistir. La minera “Darrow Gold and Silver” prometía grandes ganancias para todos sus inversionistas, por lo que estaban todos muy contentos.
El señor y la señora Raymond se dirigieron a la mesa principal, donde saludaron al presidente y a quienes lo secundaban.
- ¡Bienvenido señor Raymond!.. Señora… Un placer que hayan venido-. Volviéndose a los otros dijo.- Él es uno de nuestros afortunados accionistas ¡Un gran acierto! ¿Usted es de Boston? Bastante lejos…Bueno ¡Disfruten la velada!-
El señor y la señora Raymond se despidieron cortésmente y avanzaron por entre los invitados. Tanta elegancia y corrección les producía una suerte de satisfacción y comodidad. Los camareros pasaban con bandejas repletas de finos canapés. Las damas bien vestidas reían junto a sus acaudalados maridos. Eran todos inversionistas de la compañía, afiliados y asociados. Hombres de negocios, hijos de la aristocracia, que confiaban en obtener grandes beneficios de esta importante transnacional, con sucursales en Sudáfrica, Canadá, Australia y Medioriente.
Los Raymond fueron hasta una mesa. Él se sirvió un martini, ella optó por un poco de ponche. Un hombre calvo y de lentes se dirigía a un reducido público que lo escuchaba atentamente. Ambos se acercaron para oír.
-…Fue muy difícil, lo fue, conseguir el permiso en este país. Como el yacimiento está en plena selva, el proyecto implica desforestar y, ustedes saben, fueron años de forcejeo con el gobierno y con las agrupaciones ambientalistas. Hay mucho extremista en la zona, que con el discurso absurdo de proteger sus raíces y la selva, pretenden frenar el desarrollo económico de su propio país ¿no les parece gracioso? -.
Todos rieron alrededor del sujeto que hablaba y bebía rápido su copa. El señor Raymond lo conocía, era funcionario de la empresa, relacionador público. Había viajado a terreno, para tramitar los permisos necesarios.
Una mujer comentó riendo.- Pero si tienen tanta selva ¿Cual es el problema de botar unos cuantos árboles?- El hombre se apresuró en contestar.- Ese es el punto, pero claro también estaba el asunto de los indios… Y no es difícil tratar con ellos, pero entonces aparecen estos indigenistas que se creen sus representantes legales…-.
¡Bah!-. Lo interrumpió un hombre molesto por lo que contaba.- Son todos unos terroristas. Hay que matarlos, lisa y llanamente-. Su mujer le replicó enseguida.- No seas bestia Arthur, no puedes hacer eso. Hay que convencer a la gente de que esto es lo mejor, que les conviene a ellos y a su país... -¡Y por supuesto que les conviene!-. Agregó el sujeto de lentes.- Significa puestos de trabajo…
Todos callaron porque el presidente Brooks, que se había levantado, llamaba la atención de los presentes.
-Quiero hacer un brindis-. Exclamó en voz alta.- Un brindis por el futuro. Luego de lo que nos pareció una interminable y agotadora espera, ¡“Darrow Gold and Silver Company” Abre una sucursal en el Perú!-. Aplausos.- Estoy muy feliz, y supongo que ustedes también, por este enorme logro que hemos, como entidad financiera, alcanzado. El brindis va entonces también por ustedes, valientes emprendedores, me atrevería a decir, que con su visión de progreso han sabido tomar decisiones. Un brindis por el progreso ¡Un brindis por el futuro!-.
El público prorrumpió en vítores, al mismo tiempo que levantaba sus copas. Los Raymond, que escuchaban atentos las palabras del señor Brooks, hicieron lo mismo.
Fue en ese momento cuando se apagó la luz y se acallaron las voces. Luego de la impresión, sobrevino el silencio más absoluto…y luego los murmullos.
-¡Calma, calma!-. Se oyó al presidente.- Debe ser una falla del edificio, la luz volverá enseguida-.
Pero la luz no volvía, y algunos caballeros se acercaron a las puertas y a los interruptores para ver que ocurría. Entonces, el alarido de una mujer surcó el aire.- ¡Hay unos matorrales allí!-.
Todos callaron nuevamente, y a medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, empezaron a ver y a oír cosas que los asustaron. Quienes intentaron aproximarse a las puertas no las encontraron, y en cambio, encontraron árboles, helechos y fango. Cuando buscaron sillas y mesas no las hallaron… en cambio toparon con troncos podridos y espesura. La señora Raymond se abrazó a su esposo abrumado. Este ahuyentó con nerviosismo un insecto que se le había parado en el pantalón. Se oían todavía los sollozos de la mujer y los sonidos de una naturaleza palpitante que los envolvía.
-¡Qué es esto Brooks!-. Gritó un hombre casi fuera de si.- ¡Pretendes asustarnos!-.
El interpelado no atinó a responder, en parte por el desconcierto, en parte por que en ese momento, la luna comenzó a asomarse por detrás de las nubes. Se colaba por el entramado de ramas y hojas, muy alto, que ahora reemplazaba al techo.
Raymond oyó las respiraciones entrecortadas de los invitados, mientras la escasa luz le revelaba un entorno salvaje, húmedo, que parecía latir con un corazón propio. En verdad parecía que respiraba, con un ritmo acompasado. Era eso o era…
Unas figuras humanas se erguían alrededor. Sus cuerpos desnudos se delineaban en la semi-oscuridad. Unos ojos los observaban desde la selva, ojos de hombres y mujeres.
La señora Raymond se apretó aún más contra su marido. Pasó un minuto. Luego la luna volvió a esconderse tras las nubes. Y las sombras cayeron sobre las personas.
Vuelve la luz. La música de fondo acompaña el aturdimiento. Las mesas y sillas están ahí; el piso, las paredes, las columnas en su lugar. Los invitados se miran pálidos. Un mozo pasa con bocadillos. Alguien se ríe y las caras recobran paulatinamente su color. Primero el murmullo, luego las conversaciones que suben en volumen, hasta que ya nadie parece recordar nada de lo sucedido. Las copas chocan y las carcajadas resuenan. El señor y la señora Raymond piensan en lo curiosas que son estas fiestas de sociedad, en Trenton.
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3 comentarios:
Y yo quería darte las gracias por ser ñeñe, pelao culiao y mierda.
Ya lo sabes todo.. solo quiero que estis pulento choriflai y feliz, sea como sea.
Acuerdate de seguir practicando (pero no con la profesora, por favor! xD) y no la pases tan bien xD
Besos
las rejas te esperan, já!
oie paulo de las nieves
espero te este yendo bien en tu hiper trabajo ayudantil bacán,
ya saludos hartos =)
chaus
Creo qe me has ayudado a superar varias cosas, de las qe no te hay dado ni cuenta..
Acepto qe ayer tenía miedo de repetir la misma historia, de sentirme como algo obseno, no sé.. pero no fue así y por eso qería darte las gracias, ñeñe.
Tu no sabis lo importante qe fue estar contigo ayer, en todo sentido.. a pesar de sentirme un estorbo total mientras discutían.. pero nada insoportable x)
y no sé qé más.. me gusta ser Megitana..
Besos.-
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