sábado, 6 de marzo de 2010
Reflexiones de jueves por la tarde
Nunca conocí a mi padre. Murió cuando yo tenía 2 o 3 años. Creo que mi hermana guarda un par de recuerdos de él. A ella el suceso le afectó hondamente. Supongo que por eso es como es: psicóloga, casada y con 3 hijos. Su vida ha sido una batalla, o una búsqueda. Le tocó duro, pero pareciera que encontró el camino, o al menos hizo las paces con dios. Yo, en cambio, nunca he luchado por nada. Creo que he andado por la vida como vagando, pateando piedras, jugándomela como mejor he podido. No creo en el destino, aquí hay que tener suerte y esquivar los obstáculos, silbar y hacerse el tonto. Les llamará la atención que yo, Max Castañeda, les esté hablando así en este momento. Pero no se extrañen. Tengo 43 años, estoy soltero y sin hijos, soy corredor de propiedades, y ya todos mis amigos se casaron y son hombres de familia. En cualquier caso, no puedo imaginarme con una familia… ¿mujer, niños? ¡Pobrecitos! No, eso no es para mí.
Son como las 6 de la tarde. Afuera llueve a cántaros. Estoy en mi departamento de Providencia, tengo frío. La calefacción está mala, el conserje me dijo que iba a mandar un gásfiter a ver que pasaba, pero eso fue hace como 3 horas. Me sirvo un café y se me contrae el pecho… ¡Carajo! Hace meses que no me sentía tan solo. En la mañana fui hacer unas diligencias a una inmobiliaria y el resto del día me lo he pasado aquí, congelándome. Empiezo a recorrer la lista de teléfonos de mi celular. A esta hora estarán todos llegando a sus hogares, después del trabajo, sentados a la mesa contando su día, o sentados en el sofá, reunida la familia viendo un documental del cable. Llamo a una amiga. Se llama Claudia Figueroa. Hace años tuvimos un romance, pero se terminó y ahora ella se va a casar. Está haciendo un postgrado en periodismo. Hablamos de vez en cuando. No parece demasiado entusiasmada. Quedamos de vernos en un café de Bilbao a las 7.
Estoy aquí en el café, esperando. Claudia no llega. Afuera sigue lloviendo. Supongo que estará muy ocupada con todas las cosas que tiene que hacer. Bueno, al menos podría decirme que no quiere o no puede venir. Estúpidamente, dejé el celular en casa y no la puedo llamar.
A mis espaldas, un par de sujetos conversan acerca de la reciente canonización del padre Alberto Hurtado. Uno es cura, es más joven que yo y tiene ese aire de jesuita, como los párrocos del colegio al que asistí toda mi infancia. Les presto atención un rato pero enseguida me aburro. La religión me parece un fraude, una historia que le cuentan a los niños para que se sientan tranquilos y se porten bien. Nunca me creí el cuento de Adán y Eva, o la verdad, jamás me importó demasiado que Jesucristo muriera en la cruz por nosotros. Sin embargo, hice la primera comunión como todos los de mi clase y también la confirmación. Si me preguntan, soy católico, para que me voy a meter en un tarro.
-¿La cuenta de su café señor?
-No, estoy esperando a alguien.
Una hora y media. Suficiente. Pago mi café y salgo a la calle, que me recibe con una tempestad. Aún no es de noche y yo camino bajo la lluvia. Los autos se aprietan en un taco mojado de jueves por la tarde, con sus luces amarillentas y sus bocinas. Las pocas gentes que todavía andan se cubren con sus paraguas, o derechamente corren a refugiarse a cualquier lado. El cielo se torna en diluvio. Camino a una plaza y me siento en un columpio. Sin pensar, cojo un palito y remuevo la arena inundada. ¿Cómo llegué aquí? Estoy empapado y el agua no para de caer, torrencial, cada vez más fuerte. Que extraño. No veo nada.
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